sábado, 5 de marzo de 2016

Dos lápices, un relato L

¡Buenos días! Hoy os traigo la siguiente parte de este relato conjunto que escribo con A la sombra de los sauces. ¡Ya es la número 50! Nadie pensaba que esto fuera a durar tanto... Espero que disfrutéis. ¡Feliz sábado!


Grace miraba el horizonte apoyada sobre el alféizar de la ventana. Gris, como ella. Ella era consciente que estaba contribuyendo a que algo horrible ocurriera, pero ¿por qué no podía ser egoísta por una vez en su vida? Permitidme que os cuente su historia para que podáis comprenderla un poco mejor...

Durante eones, la familia de Grace había recibido la tarea de mantener el equilibrio entre la oscuridad y la luz. Esta "raza", a cambio recibía la inmortalidad. Los antepasados de Grace hicieron una gran labor pero pagaron el precio más alto. A medida que a cada elegido le iba llegando su hora de pasar el testigo al siguiente, su cuerpo se iba descomponiendo y desintegrando. Seguían siendo inmortales pero, al dejar de ser elegidos, su cuerpo recibía todos los años que había vivido sin envejecer de golpe. Sólo quedaba de ellos su espíritu, la manifestación no corpórea. Condenados a vagar por toda la eternidad en los lugares más indeseados y olvidados de la creación.

Grace siempre creyó que era una desgracia formar parte de su familia. Nacer con el destino escrito y no poder hacer nada. Pero hay más... Durante sus innumerables juventudes Grace conoció a innumerables generaciones de humanos y también lo conoció a él. Las vio morir a todas y lo vio morir a él. Sin siquiera tener el consuelo de reunirse algún día con él. Oswald.

Hacía tiempo que ya no era elegida. Hacía tiempo que nadie lo era porque Grace se negó a tener descendencia. No quería condenar a nadie más a sufrir lo que ella había sufrido. Sólo le quedaba una cosa por hacer. Madre le había prometido que si la ayudaba a triunfar, la magia negra la ayudaría a encontrar su ansiado descanso eterno. Sin embrago,  a medida que pasaba el tiempo se iba dando cuenta de que era imposible. De que la estaba engañando como engañó a Gunther. Después de todo, si no se puede resuciatar a los muertos ¿cómo se van a poder matar a los inmortales? Su único consuelo, pues, era ver destruido y reducido a polvo ese mundo que en otro tiempo había tenido la obligación de proteger.

Cerró la ventana. La llamaban. Era la hora.

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