sábado, 5 de diciembre de 2015

El último vals

¡Hola gente! Hoy no ha habido Dos lápices un relato, pero a cambio os traigo un microrrelato. Espero que lo disfrutéis mucho, y no dudéis en comentar si queréis que escriba más de estos relatos.


Era una noche fría de invierno, y parecía que la oscuridad y el silencio se hubieran aliado para crear esa atmósfera discreta e íntima. Todos dormían. Todos, menos ellos. Aquella noche se había organizado un gran baile al que sólo podían acudir las personalidades más prestigiosas. Aun así, eran unos cuantos: militares retirados, con un mosaico de condecoraciones en sus uniformes; nobles y aristócratas de buena familia; terratenientes , dueños de colosales latifundios... Todos disfrutaban de la conversación en compañía de deliciosos canapés y música digna de las más lujosas celebraciones. El salón de baile estaba coronado por lámparas de araña, que parecía que en cualquier momento iban a clavar sus patas en el techo y escapar de todo aquél esnobismo. Las columnatas de mármol estaban adornadas con rosas imperiales que, vanidosas, ocultaban la austeridad de sus pétreas huéspedes.

La velada transcurría entre jolgorio y danzas pero todas las miradas se centraban en una persona: la Princesa, en honor a la que se organizaba el baile. Su vestido brillaba como el sol y estaba cubierta de preciosas joyas: broches, pendientes, anillos, collares de perlas, lentejuelas. Su cabello estaba recogido alrededor de una corona de marfil. Era la fastuosidad hecha persona.  Todos los nobles casaderos querían bailar con ella, sin embargo, la Princesa se limitaba a moverse sola, como si su propia sombra le bastara para bailar ese vals. El último vals.

Cuando el reloj terminó de dar la última vuelta, sonó una estentórea campanada. De repente, las columnas del salón comenzaron a quebrarse y las rosas que las adornaban se convirtieron en crisantemos. Las inmensas lámparas cayeron al suelo. Ya no eran más que tenues luces. La música, llena de vida y fuerza, se apagó. Se encendió la marcha fúnebre. Todo el entorno se había confabulado para descubir los cadavéricos miembros de los presentes. Muertos. Muertos de vergüenza. La tierra se los tragó. Sólo sus trajes y sortijas permanecieron intactos. Sobre el suelo. Adornaban sus lechos y cubrían sus cuerpos. Eran unas mortajas únicas; pero mortajas al fin y al cabo.



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