viernes, 30 de octubre de 2015

Zeuxis y Parrhasios: los titanes de la pintura griega

¡Buenas! Siento no haber publicado gran cosa en los últimos días. Viendo la buena acogida que tienen las entradas que he hecho sobre pintura y arte, he decidido escribir entradas de este tipo más a menudo. Y por eso estoy aquí. Hoy voy a contar una historia que no sé cuánto tiene de cierta, pero es fascinante.

Laocoonte y sus hijos
Nos remontamos a la Antigua Grecia. A la mente nos viene la Arquitectura, cuya cúspide es la Acrópolis de Atenas, con su Partenón.  También nos acordamos de su Escultura: las esculturas de Fidias, la Venus de Milo, y por supuesto, el Laocoonte... También tenemos los fundamentos del pensamiento occidental: la Filosofía griega. Heráclito, Sócrates, Platón o Aristóteles son sólo algunos de los filósofos que aparecen retratados en la Escuela de Atenas de Rafael. También está la Literatura con sus autores y tratadistas como Sófocles o el propio Aristóteles, entre muchos otros.

El Partenón
Es cierto. Todas las hermosas disciplinas que he mencionado tienen representantes griegos más que dignos. Que han pasado a la historia. Pero cuando se habla de Grecia rara vez se la asocia con la Pintura, otra hermosisíma disciplina. Sí. A simple vista parece ser que la pintura griega fue prácticamente inexistente, más allá de la que había en las cerámicas, pero no fue así. En el siglo V a.C. hubo dos pintores muy conocidos que protagonizaron un épico duelo de pintura blandiendo sus pinceles: Zeuxis y Parrhasios.


Decíase que Zeuxis era el mejor pintor de la Antigüedad Clásica y que nadie era capaz de igualar su virtuosismo. Sin embargo, había otro pintor, Parrhasios, que no le iba a la zaga. Para decidir cual de los dos era el mejor artista se organizó una competición de pintura de altura. Ambos pintores mostraron su técnica y el resultado no dejó a nadie indiferente.

Zeuxis había pintado a un niño comiendo un racimo de uvas. La hermosura de las formas y la frescura de las uvas era tal, que los pájaros se acercaban a la pintura para picotearlas tomándolas por reales... La obra de Zeuxis parecía insuperable. Pero llegó el turno de Parrhasios. Había cubierto su obra con una cortina. Zeuxis, seguro de sí mismo, lo instó a que corriera la cortina. Sin embargo, cuán fue su sorpresa al descubrir que la cortina que había tomado por un simple trapo, era en sí la propia pintura. Ante semejante realismo, Zeuxis tuvo que resignarse y dar la victoria a su contrincante diciendo: "Yo he engañado a los pájaros, pero Parrhasios me ha engañado a mí. He pintado mejor las uvas que al niño, porque si lo hubiera pintado al niño con la misma perfección, los pájaros no se habrían acercado a las uvas, asustados por su presencia".


Un precioso grabado que inmortaliza la competición.


Esta historia, cierta o no, nos hace ver cuántas más hay aún por descubrir, y lo que nos queda por aprender. Espero que ésta haya gustado mucho, para poder así contar más de vez en cuando. 


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