sábado, 14 de febrero de 2015

Hasta mañana

Cierto día iba caminando un mercader por un bosque hacia la ciudad para vender su género, cuando se encontró a una anciana leyéndole la mano a una mujer. La mujer la miraba fijamente y no podía parar de gritar de alegría. Cuando hubo terminado se dirigió hacia el hombre entonando una frase melódicamente: "¡Voy a ser madre!", "¡Voy a ser madre!". El comerciante la llamó y la mujer se detuvo sorprendida tras haber estado enfrascada en su fantasía. Entonces le preguntó qué es lo que había pasado. La mujer pletórica le respondió: "Verá caballero, esa amable anciana se ha ofrecido para leerme la mano sin tener que darle nada a cambio; y según ella... ¡No tardaré en ser madre! La verdad es que no he tenido mucha suerte en el amor, así que no puedo evitar sentirme tan feliz. Tenga usted un buen día". Dicho esto se fue brincando y llena de emoción mientras continuaba con su cantinela. A la vista estaba que no había sido mujer de muchos amoríos debido a la ganchuda nariz de urraca y a los inconmensurables dientes de liebre silvestre que llevaba. El mercader no pudo evitar proferir una leve carcajada a costa de la que a su parecer era una mujer de lo más crédula.
Tras este peculiar encuentro prosiguió su marcha ignorando los enormes ojos de la decrépita mujer que lo observaban sin pestañear. Cuando ya se disponía a cruzar el bosque la desgastada voz de la señora lo detuvo: "Valeroso mercader, ¿no le gustaría saber qué le depara el día de hoy? Con estos ojos que Dios me ha dado, podría decírselo de buen grado". El hombre decidió detener su jumento, en el que llevaba toda su mercancía, y entabló una conversación con la anciana dispuesto a reírse un poco a su costa.
- Lo siento mucho señora pero yo no creo en esas cosas...
- ¿Por qué no? ¿Es que acaso no hay hombre en el mundo que no quiera saber lo que le depara el día de mañana? - inquirió la pitonisa.
- Pues yo mismo señora.
- Vaya... Es la típica respuesta del hombre al que la vida lo ha tratado muy mal. Supongo que a los derrotistas no les gusta saber que el día de hoy va a ser peor que el de ayer... Ya lo tendrán asumido.
- ¡Cállese señora, por favor, y deje en paz a la gente de bien! - respondió el comerciante ofendido.
- Veo que he dado en el clavo ¿no es así? -dijo la anciana con sorna.
De esta forma, la mujer fue poco a poco ganando terreno en la mente del mercader que finalmente accedió a que le leyera la mano. Entonces la mujer, reticente, le señaló un cartel a sus pies que el mercader habría jurado no haber visto antes. En él decía lo siguiente: "Hoy se paga, mañana no". El mercader consciente de que había caído en el juego de la adivina, supuso que la mujer que había visto antes tendría que haberle pagado el día anterior, para haberle leído el futuro hace un momento sin tener que pagar. Vista la situación decidió resignarse y pagar lo que la mujer le pidiera. Ésta, ni corta ni perezosa, le hizo apoquinar cinco monedas de oro, una auténtica fortuna en aquellos tiempos. Para él constituían prácticamente los ingresos del día pero tuvo que pagar a regañadientes. Si se propagaba el rumor de que había pretendido aprovecharse de la vieja pecando de avaricia, nunca nadie le compraría nada.

Cuando la mujer recibió el dinero sonrió dejando entrever sus prominentes arrugas, y acto seguido puso los ojos en blanco y comenzó a recitar su pronóstico con una voz gutural. Iba a ser un día de grandes ventas y prosperidad. Llegaría sano y salvo a su casa y de seguir así, en un futuro muy próximo podría ganar grandes sumas de dinero y todas las mujeres que quisiera. Al mercader se le hizo la boca agua y se fue más contento que unas castañuelas azuzando a su burro, sin olvidar que al día siguiente volvería a ver a la anciana. "Hasta mañana" dijo la anciana.
Un pequeño guiño a Dragon Ball
Tal y como lo había predicho, su día fue un éxito. Incluso había conseguido dinero suficiente para cenar en la posada: un pequeño capricho que gustosamente se permitió. Al día siguiente amaneció con una sonrisa de oreja a oreja, preparó sus enseres y se fue hacia la ciudad por el mismo bosque que había cruzado el día anterior. Y allí estaba la adivina que lo miró como si lo esperara con impaciencia. Pero lo cierto era que el más impaciente era el propio mercader que no podía esperar a oír qué maravillas le aguardaban hoy. Sin embargo, la cara se le avinagró en cuanto el pobre hombre leyó el cartel que la vieja le señaló antes de que pudiera decir nada: "Hoy se paga, mañana no". Éste, entre una mezcla de sorpresa e indignación le increpó que ya le había pagado ayer y que era una estafadora. Pero la mujer, ladina como la que más, volvió a endulzarle los oídos con los posibles logros que le esperarían si ella le leía el futuro. El mercader por su parte, ingenuo como el que más, no pudo decirle que no y pagó otras cinco monedas de oro con tal de sentirse triunfador y satisfecho. La mujer se limitó a repetir lo mismo que le dijo ayer pero con otras palabras... "Hasta mañana" le dijo una vez más. Y el "pronóstico" volvió a cumplirse.
Y así fueron pasando los días, las semanas y hasta los meses y el hombre nunca pudo divisar ese mañana en el que no tendría que pagar para oír lo mismo que el resto de los días. Debería sentirse estafado pero era demasiado feliz como para darse cuenta del engaño. ¿Y quién podría culparlo? Así seguiría día sí y día también, adoptando esos encuentros como una costumbre más hasta que llegara el día en que la rutina no acudiera a su encuentro y se descubriera la tan odiada verdad. ¿O tal vez no?

De una forma o de otra sólo puedo decir "Hasta mañana".

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